Se dirigió hacia el ropero y echó una mirada
rápida. Tomó la valija gris, la única sin rueditas, y la apoyó sobre la cama. Comenzó por las camisas. Las abotonó una por una para después guardarlas. Pasó a los pantalones. Los dobló asegurándose
de respetar las costuras de cada pierna. Permaneció atenta a que todo siguiera
el orden previsto. Hacer las cosas bien requería concentración. Lo había aprendido en sus
encuentros de meditación Zen: “Cuando como, como y cuando duermo, duermo; Debemos
vaciarnos de pensamientos; Hacernos uno con la cosa”, había repetido el maestro casi como un mantra.
Imbuída en esas enseñanzas intentaba plegarse por completo a cada cosa que realizaba.
“Seguro necesitará zapatillas y algo de ropa
deportiva”- pensó- “Y no tengo que olvidarme de las medias y los calzoncillos.”
A pesar de que él no apreciaría ninguno de esos
detalles, ya que había demostrado en repetidas ocasiones sus enormes aptitudes en desconocer lo sutil, confundiendo hábilmente lo superfluo con lo
importante, también guardó el kit de afeitar y su cepillo de dientes.
Ninguno de esos detalles sería advertido, ella lo sabía. Sin embargo no parecía importarle. La valija quedaría perfecta independientemente de que él lo notara.
Tendría todo lo necesario. No encontraría motivos para volver. Ella contaba con la lista en la que había
detallado todo lo que era necesario incluir. A medida que iba guardando la
ropa, colocaba una tilde en el costado derecho de cada palabra de modo tal que
no aparecieran dudas una vez finalizada la tarea.
Estaba todo listo. Miró la hora en su celular.
Contaba con tiempo para darse una ducha rápida antes de que él llegara. Después, se preparó un té de menta y le agregó una cucharadita de miel.
“Perfecto”, se escuchó decir en voz
alta. Encendió un cigarrillo. Se alegró de que el atado estuviese casi lleno.
No tendría que salir a comprar. Se echó en el sillón. Su cuerpo de pronto
pareció hundirse en la pana negra como si la gravedad fuera a succionarlo. Apoyó el cenicero sobre el hueco que nacía
debajo de sus costillas. Lo fumó como si se tratara del último de su vida. Dejó
el cenicero en la mesita ratona. Observó la colilla, vedette rodeada de cenizas, y la asaltó el recuerdo
del velatorio de su madre, del cajón,
del cuerpo muerto rodeado de flores.
A tiempo se abrió la puerta.
-Que stress el tuyo, fue lo que él dijo a modo de
saludo.
-Está todo ahí, en la valija, están todas
tus cosas, se apresuró a decir antes que intentara encontrar razones
para seguir quedándose, como había hecho cada vez que le había recordado
que debía irse, pues habían decidido separarse, hacía ya incontables meses.
-¡Uh, pesa como un muerto! Voy a tener que tomar un
taxi, no sé si tengo plata, mejor la paso a buscar en otro momento.
Al oír esas palabras, se incorporó inmediatamente y lo
miró inundándolo de todo el desprecio del que ella era capás.
-¿Qué pasa? -dijo él- lo único que falta es que
también te moleste que la deje por unos días. Ni siquiera sé muy bien donde voy
a ir. Me cansé de ser un títere tuyo. Necesito estar sólo para saber qué es lo que quiero. Mejor me voy.
Empujó suavemente la puerta hasta que trabó el
pestillo mientras escuchaba cómo la valija lo iba arrastrando pesadamente
escaleras hacia abajo. Tomó el cenicero y se deshizo de las cenizas. Esta vez,
en lugar de usarlas como abono para sus plantas, las tiró en la basura.
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Detalle de Fotografía tomada por Yvonne Venegas |